La torre

28 09 2008

“¡Oh my God” chilló Alisa, mirando al cielo “¡Fuck, fuck, fuck, fuck!”

Nos escondimos tras unos arbustos. La torre no nos vio.

“Pero, ¿que es eso?” me preguntó ella con enfermizo placer.

“No lo se” le contesté con un escalofrío sincero “pero me da miedo, porque es titánica y cruel.”

Nos escabullimos prestos y la dejamos atrás, aunque no había espacio a salvo que valiera pues la torre era el ojo de Berlín, y nos encontraría siempre con su penetrante mirada naranja.





Alexanderplatz

28 09 2008

“El plan de caminar hasta el Reichstag desde Alexanderplatz es en vano. La plaza en sí misma es grande como nuestra ciudad. Nuestro grupo partió con pocas provisiones y al final del día nos extraviamos. Calculo que estábamos cerca del centro del lugar porque no veíamos los edificios, aunque podía ser que los cubriera la niebla. Nos quedamos sin comida ni agua. Algunos siguieron adelante y no los volví a ver. De los que decidimos regresar, soy el único que lo hizo con vida.

Nunca atraveséis Alexanderplatz si no es con una expedición bien pertrechada.”

Notas verídicas en la guía de viaje sobre la infinita Alexanderplatz. No nos aventuramos a cruzarla pues nos vino “el miedo” pero encontramos otra escultura-reloj con varias docenas de alemanes alrededor, adorándola como a un satán cualquiera.





Ostkreutz

28 09 2008

Berlín es ciudad de relojes, porque los alemanes temen llegar tarde a todas las victorias y a todas las derrotas (son seres responsables). Asimísmo, es una ciudad de hechiceros porque proliferan las torres malditas que el ojo profano daría por abandondas. Alisa es una profana -porque adoraría hacer el amor en el altar de una iglesia- y con poco acierto adujo que la torre de Ostkreuz era un depósito de aguas. Por mi parte, estaba convencido de que algún maligno brujo estaba preparando un ejercito de zombis para comérsela. Mi historia es mejor, por lo tanto debe de ser la correcta.

La parada del metro era una pequeña maravilla tosca de la sociedad industrial. Tueneles y puentes de vias que se entrecruzaban con las vidas de miles de personas que ahí se apeaban, porque sus vidas no tenían sentido en la tristeza de un trasbordo. Por las escaleras descendían cientos de cada convoy, y se dispersaban por los andenes y miraban a uno u otro lado, rezando para que ocurriera algo nuevo. No, no obstante nada, el cumulo de plegarias era en vano. El lugar estaba al aire libre por lo que las idas y venidas de los alemanes eran vigiladas por el cielo gris eterno, por los árboles otoñales (todo el año) y por el chirrido infernal de las locomotoras eléctricas.

“Por lo menos no está Txus para decir que esto es ¡pwa-wa-ha!” suspiré. Habíamos dejado atrás a nuestros compañeros porque habían decidido muy inteligentemente que la mejor forma de hacer turismo es hacer una lista de los restaurantes sirios de una ciudad y procurar encontrar uno cada cien metros para comer. Las calles, los museos y los parques son irrelevantes en la ecuación. No se donde fueron. No me importa.

“Oh, que monada” dijo Alisa sacando unas fotos “papeleras de muchos colores.”

Lo mejor de aquel reino de hierro y eco de pasos.





Mañana

28 09 2008

Nos despertó la alarma del hotel -gentileza- en forma de china entrando en la habitación, observando nuestros dos cuerpos desnudos sobre las sábanas corrompidas la noche antes. Dice algo probablemente en aleman o en sueco, no se acredita, no saluda. Rebusca en nuestras papeleras algo para comer y se marcha con el condón usado que no podríamos reutilizar. Sospecho que lo usará ella después.

Son las 10 de la mañana. Seguimos durmiendo.





Regreso

12 05 2008

Que yo recuerde andamos decenas de kilometros arrastrando nuestros pies cansados e insultando a Helarte por costumbre, pero Alisa y su prodigiosa memoria atestiguan algo diferente.

Corrimos a la estación de tren en Hackescher Market con la esperanza de transbordar en Alexanderplatz con un tranvía. Como estábamos llenos de esperanza pesábamos menos, corrímos más veloces, nos equivocamos de calle y aun así llegamos a tiempo de coger el último tren. Los últimos pasajeros de aquel convoy, nos acomodamos en los asientos serios del vagón, y dormitamos.

Con el gracil sonido de una porra golpeando el acero nos levantamos en una estación desconocida. Una guardia de seguridad nos despertó. El tren se detenía: la línea se cerraba. Desesperados nos apeamos en territorio hostil, un amplio centro comercial convertido de noche en mausoleo.

“Tengo hambre” me dijo Alisa mientras bajabamos apesadumbrados las escaleras.

“Vaya…” le contesté distraído por la regular forma de los chicles en el suelo. Alisa me dio un pisotón.

“¡Te he dicho que tengo hambre!” me amenazó.

“¿Y que quieres que haga yo? ¿Me introduzco por tu estomago y te arranco el estomago? ¿Generó hamburguesas de la nada con las manos?” Aunque a mi me parecieran opciones ingeniosas a Alisa no le satisfacieron mucho. Puso esa expresión infantil de derrota que me encanta y miró al suelo, vencida por las circunstancias.

“Podrías encontrar un McDonalds…” suspiró mientras entrábamos en el Hall del centro comercial “… y que esté abierto.”

“Si eso te hace feliz” dije señalando al otro lado del Hall “Ahí tienes un McDonalds 24 horas.”

Miramos a lo lejos el brillo del único local abierto a aquellas horas en aquel cementerio.

“¡Comida!” exclamó Helarte,

“¡Comida!” corearon los demás, y partieron en prodigiosa estampida. Alisa sonrió y empezó a caminar lentamente. Ahora que sabía que podría comer su hambre se hacía menos acuciante. Después de este pequeño milagro me perdonaría la habitación pequeña, el Döner, el frío. Nada como tenerla satisfecha para gozar de un poco de calma ambiental. Quizás pareciera que Berlín quería derrotarnos como hiciera París conmigo en el pasado, pero acababamos de reconciliarnos con la urbe infinita.

“¿Que es esto?” preguntó la siberiana. Se había detenido junto a una extraña escultura, un cono invertido que se hundía en su centro y estaba coronado por la figura de un elefante. Convencida de que su significado ocultaba probablemente alguna tradición de sacrificios humanos, Alisa analizó la extraña ara. Un vagabundo se nos aproximó arrastrando los párpados y perdiendo la vida con cada pestañeo -de haberle visto los ojos nos había convertido en piedra, Marco Antonio. Tomó una moneda, la colocó sobre la trompa del elefante y la dejó caer. La moneda rodó formando una espiral que se alargó varias vidas mientras los tres contemplábamos su viaje hasta que desapareció en el corazón del cono. El vagabundo se alejó, también tambaleándose, en dirección a su propio vértice y predispuesto a desaparecer. Nosotros entramos en el McDonalds.

“¡El triunfo del capitalismo!” nos azuzó Alisa victoriosa “¡Hamburguesas dobles a las cinco de la mañana!”

Nos sestamos en unos sofás disfrutando de nuestras viandas, del horario imposible, del frío, de la distancia. No nos preguntamos como llegaríamos al albergue desde ahí porque ya no nos preocupaba nada. No había guerra en la Tierra que enturbiara nuestro ánimo, colapso social que nos preocupara, crisis que nos atosigara. Qué lejos está el mundo cuando estás lejos, cuando te tomas medio litro de café, cuando Helarte habla y Alisa se ríe, a tu alrededor el universo es hostil pero sientes que por una vez no tienes más sueño.

 





Pub

13 02 2008

“Que maravillosa es la catedral de Zoogarten” dije en voz alta “que fantástica capacidad arquitectónica la de las bombas.”

Pau y Alisa se detuvieron junto a mi para contemplar el derelicto, y nos perdimos. Helarte supuso que encontraríamos el camino en aquella ciudad desconocida, o que preguntaríamos en nuestro perfecto alemán inventado por las señas de un pub sin nombre en un lugar no determinado del immenso mapa de Berlín que no teníamos.

Deambulamos. Nos llamó una señal diabólica al fondo de una avenida, un pestañeo maligno de color rojo que no debíamos ignorar. Una luz parpadeante sobre cuatro líneas sangrientas fue lo que encontramos al acercarnos: era un fantástico reloj maya de base cinco.

“Oh” exclamó Alisa conmovida “Sirve para medir el tiempo no decimal”.

Danzamos tregua y bailamos catala alrededor del símbolo nocturno esperando recibir alguna recompensa oscura por nuestra devoción, y el premio cayó del cielo en forma de pájaro muerto. Un cuervo negro que no iba a volar nunca más. Pénsamos en comérnoslo pues estábamos extrañamente hambrientos pero al final optamos por estudiarlo y por comer en el Pub. El ave yacía en la acera donde era ignorada por los paseantes, hecho que Alisa constató como una metáfora atroz del capitalismo salvaje propio de las frías metrópolis, luego añadió que mentía y los tres nos arrodillamos y honramos al ave con varias genuflexiones.

Proseguimos nuestra búsqueda hasta que dimos con Helarte delante de un centro comercial. Había salido a buscarnos y nos acompañó al Pub donde no había comida. Ruben se había construido un sombrero piramidal con unos taburetes. “Ya era hora de que alguien se pusiera una pirámide en la cabeza” le decía JJ. “Estoy de acuerdo” apostilló Helarte”. 

Debatimos sobre la posibilidad de que la Tierra fuera realmente plana y el infierno hiciera el papel de motores espaciales que generasen la fuerza de gravedad por inercia. Olvidamos este tema y pasamos a sopesar los pros y los contras de la teoría de la Tierra hueca. Saltamos de esta discusión a los mormones y a sus naves espaciales, después otra vez a la piramidología y luego hubo silencio. Un largo silencio en el que no se dijo nada al igual que en toda la conversación anterior.

El hambre nos corroía y era demasiado tarde.

“Ojalá hubiera algún Kebab abierto” suspiro Helarte.

“Ojalá hubiera comida de verdad” escupió Alisa.

“Tenemos que irnos” dijo alguien “vamos a perder el último tren” y estábamos en la otra punta de aquella immensa ciudad, muda y fría, roja y maligna, digna de aves muertas cayendo a través de campanarios estrujados por el tiempo y la metralla.

Tengo sueño. Siempre tengo sueño.





Döner on Earth

24 01 2008

“¿España?” nos preguntó el turco.

“¿Y el sujeto y el predicado?” le contesté yo.

El cocinero siguió sonriendo. Podría haberme rebanado el cuello con el cuchillo de carnicero, pero esta es la grandeza de las lenguas: ir a otro país para poder insultar a las personas al amparo de la ignorancia. Estábamos en el Döner Kebab de la estación de Landsberger Allë donde unos turcos habían montado el negocio mascota de la ciudad de Berlín, la mejor embajada para que los europeos acepten el ingreso de su país en la Unión (por lo menos, Helarte y todos aquellos que han decidido que la falta de higiene no es indispensable).

“Me gusta España. Where are you from de España?” el cocinero empezó a darle el uso correcto al cuchillo, alejándolo de mi cabeza y tajando pedacitos de carne del pilar seboso que giraba tras el mostrador.

“Barcelona…”

“¡Ah, sí! I like, I like. Real Madrid, viva Real Madrid. Yeah, yeah. Madrid, ¡bum-bum-bum!”

Por si resultaba dudosa la capacidad diplomática del turco que alababa el equipo de futbol contrario al de nuestra ciudad (aunque en cualquier caso ninguno de nosotros es apasionado o fanático de este deporte por lo que podríamos haberlo ignorado) no era menos sospechosa la cantinela con la que empezó a comunicarse con nosotros y con su compañero de trabajo. Iba y venía por la cocina sonriendo, ahora metiéndose el dedo en la nariz, ahora cogiendo un puñado de ensalada para rellenar su obra culinaria y repitiendo aquellas palabras.

“Madrid, ¡bum-bum-bum!” y luego reía a carcajadas.

¿Estaba haciendo algún tipo de homenaje a los atentados terroristas de varios años antes? Nos encogimos de hombros. Por lo menos se daba prisa en cocinar y los döner eran buenos. Nos colocamos en fila delante de la caja y nos despachó rápidamente. Dado que nuestros amigosos habían salido antes del hotel Alisa y yo fuimos los últimos.

“Está bien Alisa, ¿que quieres cenar tú?” le pregunté.

“Comida” me respondió gélida.

“De acuerdo, ¿qué comida?” y le indiqué la carta de productos.

“Comida de verdad. Me has traído a un repugnante Döner. Aquí solo comen los tuberculosos.”

Detrás de ella Helarte y los otros devoraban sus platos sin preocuparse por el decoro de evitar que la salsa gotee garganta abajo y se cuele por dentro de la ropa. Su pasión por la especiada cocina árabe era un factor con el que tendríamos que jugar el resto del viaje y lo sabíamos. A mi no me importaba cenar alguna vez ahí, pero era inaceptable abusar de un único alimento (y más teniendo a Alisa agarrada al cuello susurrándome “si me vuelves a llevar a otro sitio como este te cortaré el cuello”). Era el momento de hacer uso de mi labia y mi carisma para convencerla de las ventajas de ceder a los caprichos de otros para que más adelante cedan a los nuestros, de la necesidad de cenar todos juntos almenos la primera noche y de lo útil que es soslayar nuestros prejuicios para probar cosas nuevas; de modo que la abracé con ternura y la miré fijamente a los ojos.

“Pequeñaja…” susurré.

“No.” Y no había más que hablar.

Resignado ante la imposibilidad de entrar en razón con el Muro de Berlín, versión de pelo rubio y ojos azules, me pedí el döner estándar. El camarero turco asintió. “Madrid, ¡bum-bum-bum! ¿Doble de carne? Sí, sí.” luego señaló a Alisa. “And she? She will eat?”. Me lo preguntaba a mí, por supuesto. A los hombres nos llamó Señor y a las chicas las trató oportunamente como a objetos dependientes. “¿Ella come?” Más bien no… 

Alisa pidió algo para beber y decidí pagárselo como un magro detalle para implorar su perdón, detalle que al cocinero no se le pasó por alto. Dado que para él las mujeres eran meros objetos (de hecho, es posible que creyera que se habían convertido en muebles) hablaba de ellas como si no estuvieran. Señaló a Alisa “Señor paga bebida, buen señor, buen sexo esta noche, ¡’bum-bum-bum!” e iba y venía por su reino de grasa reseca “¿Ella buen sexo? Sí, sí, ella seguro buen sexo, ¡Bum!”.

Mientras seguía alabando aquella onomatopeya explosiva, el turco logró terminar mi dürum: un batón de carne y salsa largo como la línea Maginot.

“¡Me gusta España!” dijo al despedirnos, o se lo dijo a su cuchillo, o se lo dijo a las ratas atrapadas en la nevera.

“A nosotros no nos gustas tú.” le sonrió Alisa al salir de nuevo a la calle. Nos pusimos en corro pues Helarte quería comunicarnos el siguiente paso de la noche. ”Conozco un Pub irlandés que no está nada mal. No hacen Dürums ni Döners pero…”

Con la indigestión a punto de empezar nos disipamos en la noche a la búsqueda de un tranvía desconocido para dirigirnos a un destino poco claro.





Landsberger Alle

17 12 2007

Cuando los trenes se aproximan las almas aullan.

Al llegar los vehículos a la estación de Landsberger Alle chillan las almas de todos los que perecieron en las vias. Atropellados, suicidas, víctimas de bombardeos… Estan todos acumulados como invisibles montones de hojas secas en los raíles . Cuando los trenes cruzan sin detenerse el anden frío y oscuro, los pasajeros vagabundos se arrebujan en sus abrigos y los pobres fantasmas son empujados por la fuerza del convoy.

Opuesto a las vías se halla un edificio de hormigón largo y de aspecto abandonado en un primer vistazo, pero tras un estudio más atento se adivinan entre sus muros de cristal y sus columnas gruesas las instalaciones tristes de un polideportivo de barrio. Dejándolo atras, subiendo por las escaleras de la estación hacia el albergue pasando por delante de un Doner-Kebab -el primero del viaje, el primer vitor de júblio del resto del grupo y mueca vomitiva de Alisa. Luego atravesamos un solar al que irían las muchachas a dejarse violar (obviando nuestra estupidez, ¿quien otro cruzaría ese páramo si no tuviera la intención de morir?) rodeado por bloques de apartamentos soviéticos con sus obligatorias paredes agrietadas, ventanas rotas y puertas tapiadas. 

Ante este panorama podíamos pensar que Landsberger era otro agujero negro del sistema o una zona del pantano que nadie se ocupa de adecentar. Teniendo en cuenta lo que habíamos explorado, el Generador era justo emperador de ese paraje. Llamé a Helarte. “Eh tú, ¿donde cenamos y cuando vamos?” le pregunté cortesmente. “Ah” contestó él “ya hemos salido: estamos cenando en el Doner que vimos en la estación.”

Agradecí su premura en avisarnos con antelación y procedí a convencer a Alisa de que, por una vez y dadas las circunstancias circunstanciales (hora, distancia, compañía) podía sacrificarse y salir a cenar al Bar turco. Utilizando los más altos térmnos liguísticos, el mejor uso de la morfología y los excelsos argumentos que la retórica ofrece a quien es carismático, Alisa me contestó que “¡No!” y me dio varios empujones. Le recordé que había llevado sus maletas todo el día, y siguió empujándome. Le hice notar que era su amante y que era excepcional, y siguió empujándome. La amenacé con golpearla, y me tiró al suelo. “¡Está bien! Te pagaré una cena donde quieras, ¡pero salgamos ya o se marcharán sin nosotros!”

Parecía una idea algo exagerada creer que habiendo viajado con tan buenas expectativas hasta Berlín el grupo fuera a romperse por falta de paciencia o de organización pero ambos sabíamos a lo que atenernos. Alisa se vistió con rápidez.

“De acuerdo” se rindió “vayamos a comer esa carne de rata adobada con veneno y hierbajos que vosotros llamáis especialidad turca, antes de que esos se larguen sin nosotros.”

Aunque ya se habían largado sin nosotros a cenar, y mientras corríamos por el pasillo sospechábamos que aquella no iba a ser la última vez.





516

13 12 2007

Una sencilla puerta azul en un pasillo blanco de moqueta roja. Con grandes números claros pintados verticalmente se diferenciaban los compartimentos de los distintos habitantes. Esperaba que ocurriera algo místico al andar el camino del ascensor a nuestra cerradura -como que aparecieran los muertos del cuento de Bolocchio-  pero sólo estaba el olor a desconocido (apenas palpable pero presente) que aparece en los hoteles cuando vas cargado con las maletas y estás a punto de llegar a tu nueva habitación.

“Abre tú” dijo Alisa poniéndose las manos en los bolsillos y observando distraídamente el techo, buscando alguna insignia masónica por costumbre. Apoye mi maleta y sus bolsos en el suelo para liberarme (¿por qué estaba cargando con sus bultos? me dije, entonces pensé que llevaba haciéndolo desde el aeropuerto mientras ella trotaba unos cuantos pasos por delante mío).

“¿Por qué no la sacas tú?” le espeté molesto. “Porque tengo las manos ocupadas” respondió quitándose los guantes con delicadez, soltura, lentitud. A cada dedo de cuero le dedicaba una caricia larga y sinuosa, luego un mordisco suave y sensual con la punta de sus labios rojos para poder apartarlo un centímetro más antes de aferrarlo con las yemas, daba unos masajes leves mientras entrecerraba los ojos y sonreía. Luego un breve tirón y una exclamación ahogada, se ruborizaba y pasaba al siguiente dedo del guante. “Además” continuó divertida “ahora tienes las manos libres.”´

Maldije a su estirpe y abrí la puerta. Entramos. Alisa bufó decepcionada al contemplar el panoráma: era un habitáculo normal, incluso grande para un albergue de juventud, con dos camas individuales separadas, una cómoda-espejo y un armario de pared. “¡Tenemos armario!” dije triunfante. “No tenemos baño” siseó Alisa, y me miró entrecerrando sus ojillos de hielo como si aquel minúsculo contratiempo tuviera nada que ver con mi capacidad organziativa de los eventos subyacentes a un viaje planeado por otros. “¿Y qué?” traté de animarla “Los baños comunitarios son fantásticos. Son tan emocionantes como conquistar Persia o divertidos como  un banquete romano.” Pero mis bravos argumentos no la convencieron.

“Mierda, ¿por que hace tanto frío?” Alisa seguía decidida a fastidiar la alegría del momento y sólo encontraba pegas. “¡Las ventanas!” gimió indolente “¡Han dejado las ventanas abiertas! ¡Malditos sádicos cabrones de las SS!”

“No pasa nada, no pasa nada. Las cerramos y punto. Las abrán dejado abiertas para airearlo y que este fresca cuando lleguemos”.

“¿Fresca? El frío de Berlín causa hipotermia grave mental.”

“No importa, mira: tenemos calefacción” y le indiqué el radiador. En mis recuerdos sentía aún la nieve fromándose y cubriéndome la piel cuando me duche de noche en París en un hotel sin paredes ni ventanas. ”Así podremos secarnos en seguida y sin sufrir descalabros polares.”

“Sí, claro, secarnos… cuando vengamos mojados por el pasillo de los idiotas desde el baño comunitario de las cucarachas.”

Evité su expresión de profundo disgusto dándole la espalda para abrir el armario y verlo por dentro. Si todo iba mal, podría esconderme dentro hasta que se le pasara el enfado y decidiera no matarme por no haber participado activamente en el diseño arquitectónico del edificio.

“Es muy espacioso” comenté para soslayar el tema.

“¡Eso es el lavabo, estúpido!” chilló Alisa feliz “¡Y tiene ducha! No tendré que compartirla con hippies y prostitutas comunistas”. Yo lo lamenté: eso significaba que no había armario. “Que pena…” suspiré estudiando el cuchitril, estupendamente aseado y ascéptico. “Tranquilo” me calmó Alisa con una caricia en la mejilla “detrás del espejo de la cómoda hay un perchero y cajones.”

“¡Ah!” afirmé “Nuestra victoria es completa.”

Y entonces nos desnudamos, tan hermosa ella con su piel blanca, sus ojos claros, su melena rubia y sus diezynueve tentáculos púrpua goteando sobre mi fantasía. Creo que fue más o menos así.

Cerramos la puerta con pestillo e hicimos el amor antes de cenar.





Llegar

11 12 2007

Haber sido responsable en el pasado me otorga la libertad de darme a la procastinación en el futuro, que es ahora. Quizás en este caso sea bueno para este relato en particular (y para el resto del viaje) que haya sido fiel a la libreta y haya anotado todo cuanto ocurrió aunque el tiempo fuese escaso, aunque caminar fuera la principal ocupación de nuestros paseos y las noches resultasen tan cortas. Alisa me empujó a escribir y de no haber sido por las anotaciones no podría recordar a día de hoy las cosas sin importancia que hicimos.

Habría olvidado, por ejemplo, que el viaje en autobús desde el aeropuerto fue un buen ejemplo del nivel organizativo que caracterizaría a nuestra compañía en los días venideros: carente de fundamento, sin interés, sin liderazgo, sin necesidad de amortizar el dinero gastado. Subimos tarde y mal al vehículo, cuando todos los pasajeros que prefirieron esperar cinc minutos de pie lograron su asiento y nosotros no. El viaje nos rememoró a aquella dulce época en la que los alemanes y los rusos llenaban camiones y vagones con personas, a gritos y empellones, para llevarlos a destinos inciertos, a bosques lejanos y a laberintos de hormigón, las raíces de ceniza de sus grandes naciones encaminadas siempre a eras más prósperas.

Nos apeamos doloridos y malhumorados del transporte masivo para ver como justo tras él pasaron varos autobuses de la misma línea todos vacíos en un recordatorio de nuestra estupidez. Insiste siempre y ya lo sabemos, que nunca seremos tan sabios como para evitar nuestra ignorancia y nuestros defectos. Algunos más que otros.

El viaje en tren ha sido mejor, mucha gente hostil que nos rodeaba y contemplaba en el silencio de sus vidas el silencio del vagón que rompíamos con nuestra discusión a tres bandas. ¿De qué hablabámos? ¿Acaso importa? ¿Acaso es necesaria la rutina aburrida? En mi memoria, nuestras palabras eran tan vacuas como las caras lisas de aquellos mudos espectadores  de nuestro instante.

El hotel era un gran edificio situado en la zona este de Berlín, junto a otras construcciones de igual tamaño. Largas, grises, densas. Dinosaurios de tiempos en los que la economía tenía nombres y apellidos, en las que la vida privada tenía nombres y apellidos. ¿Tienen ahoras las aceras nombres y apellidos? Oh, ¡pero que porquería de hotel y que profundos mis pensamientos! ¿Como nos podríamos fiar de un albergue para jovenes que se jactaba de asegurar la resaca de sus inquilinos? Ojalá regresará el tiempo en que el fuego juzgaba todas las desidias con un buen incendio…

Una vez dentro la impresión negativa se disipó. El lugar se llamaba “Generador” y por lo visto era una especie de país sobre ruedas con carácter itinerante, liderada según entendimos por unas enormes cabezas parlantes. Alisa y yo alquilamos una habitación para los dos mientras que los demás optaron por la privacidad de una habitación común. Nos separamos en el vestíbulo sin lograr acordar un punto y hora de reunión con nuestros camaradas que se marcharon a toda prisa. Nos encogimos de hombros resingnándonos a nuestra suerte y nos dirigimos por fin a nuestros aposentos, a la puerta 516.