“¿España?” nos preguntó el turco.
“¿Y el sujeto y el predicado?” le contesté yo.
El cocinero siguió sonriendo. Podría haberme rebanado el cuello con el cuchillo de carnicero, pero esta es la grandeza de las lenguas: ir a otro país para poder insultar a las personas al amparo de la ignorancia. Estábamos en el Döner Kebab de la estación de Landsberger Allë donde unos turcos habían montado el negocio mascota de la ciudad de Berlín, la mejor embajada para que los europeos acepten el ingreso de su país en la Unión (por lo menos, Helarte y todos aquellos que han decidido que la falta de higiene no es indispensable).
“Me gusta España. Where are you from de España?” el cocinero empezó a darle el uso correcto al cuchillo, alejándolo de mi cabeza y tajando pedacitos de carne del pilar seboso que giraba tras el mostrador.
“Barcelona…”
“¡Ah, sí! I like, I like. Real Madrid, viva Real Madrid. Yeah, yeah. Madrid, ¡bum-bum-bum!”
Por si resultaba dudosa la capacidad diplomática del turco que alababa el equipo de futbol contrario al de nuestra ciudad (aunque en cualquier caso ninguno de nosotros es apasionado o fanático de este deporte por lo que podríamos haberlo ignorado) no era menos sospechosa la cantinela con la que empezó a comunicarse con nosotros y con su compañero de trabajo. Iba y venía por la cocina sonriendo, ahora metiéndose el dedo en la nariz, ahora cogiendo un puñado de ensalada para rellenar su obra culinaria y repitiendo aquellas palabras.
“Madrid, ¡bum-bum-bum!” y luego reía a carcajadas.
¿Estaba haciendo algún tipo de homenaje a los atentados terroristas de varios años antes? Nos encogimos de hombros. Por lo menos se daba prisa en cocinar y los döner eran buenos. Nos colocamos en fila delante de la caja y nos despachó rápidamente. Dado que nuestros amigosos habían salido antes del hotel Alisa y yo fuimos los últimos.
“Está bien Alisa, ¿que quieres cenar tú?” le pregunté.
“Comida” me respondió gélida.
“De acuerdo, ¿qué comida?” y le indiqué la carta de productos.
“Comida de verdad. Me has traído a un repugnante Döner. Aquí solo comen los tuberculosos.”
Detrás de ella Helarte y los otros devoraban sus platos sin preocuparse por el decoro de evitar que la salsa gotee garganta abajo y se cuele por dentro de la ropa. Su pasión por la especiada cocina árabe era un factor con el que tendríamos que jugar el resto del viaje y lo sabíamos. A mi no me importaba cenar alguna vez ahí, pero era inaceptable abusar de un único alimento (y más teniendo a Alisa agarrada al cuello susurrándome “si me vuelves a llevar a otro sitio como este te cortaré el cuello”). Era el momento de hacer uso de mi labia y mi carisma para convencerla de las ventajas de ceder a los caprichos de otros para que más adelante cedan a los nuestros, de la necesidad de cenar todos juntos almenos la primera noche y de lo útil que es soslayar nuestros prejuicios para probar cosas nuevas; de modo que la abracé con ternura y la miré fijamente a los ojos.
“Pequeñaja…” susurré.
“No.” Y no había más que hablar.
Resignado ante la imposibilidad de entrar en razón con el Muro de Berlín, versión de pelo rubio y ojos azules, me pedí el döner estándar. El camarero turco asintió. “Madrid, ¡bum-bum-bum! ¿Doble de carne? Sí, sí.” luego señaló a Alisa. “And she? She will eat?”. Me lo preguntaba a mí, por supuesto. A los hombres nos llamó Señor y a las chicas las trató oportunamente como a objetos dependientes. “¿Ella come?” Más bien no…
Alisa pidió algo para beber y decidí pagárselo como un magro detalle para implorar su perdón, detalle que al cocinero no se le pasó por alto. Dado que para él las mujeres eran meros objetos (de hecho, es posible que creyera que se habían convertido en muebles) hablaba de ellas como si no estuvieran. Señaló a Alisa “Señor paga bebida, buen señor, buen sexo esta noche, ¡’bum-bum-bum!” e iba y venía por su reino de grasa reseca “¿Ella buen sexo? Sí, sí, ella seguro buen sexo, ¡Bum!”.
Mientras seguía alabando aquella onomatopeya explosiva, el turco logró terminar mi dürum: un batón de carne y salsa largo como la línea Maginot.
“¡Me gusta España!” dijo al despedirnos, o se lo dijo a su cuchillo, o se lo dijo a las ratas atrapadas en la nevera.
“A nosotros no nos gustas tú.” le sonrió Alisa al salir de nuevo a la calle. Nos pusimos en corro pues Helarte quería comunicarnos el siguiente paso de la noche. ”Conozco un Pub irlandés que no está nada mal. No hacen Dürums ni Döners pero…”
Con la indigestión a punto de empezar nos disipamos en la noche a la búsqueda de un tranvía desconocido para dirigirnos a un destino poco claro.
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